¿Está permitido abortar?

El santo Papa Juan Pablo II escribe en la encíclica Evangelium vitae: ” Con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y sus sucesores, (…) declaro que el aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es siempre un desorden moral serio en cuanto se trata del asesinato deliberado de un ser humano inocente “. Esta doctrina se basa en la ley natural y en la Palabra escrita de Dios, es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal ” (n. 62).

Jamás está permitido abortar. Esto aparece claro en el siguiente silogismo:

  • – Nunca está permitido matar a un ser inocente.
  • – El niño en el vientre de su madre es un ser inocente.
  • – Luego, jamás puede permitirse matar a un niño en el seno de su madre.

La Premisa mayor del silogismo (“Nunca está permitido matar a un ser inocente”) es obvia porque todo hombre tiene derecho a la vida. Este derecho está reconocido por la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 (Artículo 3). Este derecho es absoluto e inalienable; simplemente establece un requisito de toda sociedad digna de ese nombre: la igualdad absoluta de todos los hombres con respecto a la vida. Incluso puede decirse que este derecho es el primero porque funda todos los demás derechos; si no es respetado, todos los demás están amenazados. Suprimir a un ser el derecho a la vida equivale a suprimir el sujeto del derecho.

Es a la premisa menor del silogismo (“el niño en el vientre de su madre es un ser inocente”) que atacan los defensores del aborto. Es esta verdad la que trataremos de probar con mayor extensión. De hecho, es una constante entre los hombres: cada vez que han querido explotar a sus semejantes o exterminarlos, han puesto en duda la naturaleza humana de los mismos. En la antigüedad, los esclavos eran considerados como “cosas”; en el siglo XVI los indios como “bestias con apariencia humana”, como nos lo refiere Montaigne; y más cercano a nosotros, los nazis consideraban a los judíos como “no hombres” (“Unmemschen”).

En la actualidad, el carácter humano del embrión no está en duda. La ciencia genética moderna muestra que, desde el primer momento de la vida, el programa de lo que será esta vida ya está fijado. En el mismo momento de la  unión de los gametos masculinos y femeninos, todo el código genético, es decir, lo que hace que ese ser sea un hombre -e incluso ese hombre en su particularidad distinto de otro- ya está presente. Esto es lo que declaró ante la Comisión del Senado de Estados Unidos el Profesor Jerome Lejeune,[1] descubridor del gen del síndrome de Down: “Tan pronto como los 23 cromosomas paternos, junto con 23 cromosomas maternos, se reúne toda la información genética necesaria para expresar todas las cualidades innatas del nuevo individuo. Del mismo modo que la introducción de un mini-cassette en una grabadora permite la reproducción de una sinfonía, el nuevo ser comienza a expresarse tan pronto como se concibe”. El profesor Lejeune concluía con a siguientes palabras: “La naturaleza humana del ser humano, desde la concepción hasta la vejez, no es una hipótesis metafísica, sino una evidencia experimental“. Para legitimar el aborto, no es suficiente demostrar que el feto no sería una persona; debe ser capaz de demostrar con certeza que no se trata de una persona. De lo contrario, quien comete un aborto corre el riesgo de ser un homicida. Ahora bien, dado que es imposible tener la certeza metafísica de que el feto no es una persona humana -y la ciencia nos inclina incluso a pensar lo contrario- entonces, nunca es lícito abortar.

¿Cómo responder a los que dan argumentos a favor del aborto?

Son varios los argumentos que los que favorecen la legalización del aborto suelen presentar:

  1. La mujer es dueña de su cuerpo.

Las mujeres tienen derecho a disponer de sus cuerpos. Es un reclamo del feminismo contra todas las formas de misoginia. Ellas tienen el derecho de abortar.

 El niño por nacer no es un órgano de su madre; es un ser único, distinto de su madre, con su propia individualidad genética. La mujer no puede disponer a su antojo de la existencia de dicho ser, como lo hicieron los paterfamilias en la sociedad romana. Rechazar este principio es reconocer la esclavitud, un sistema donde un ser humano puede convertirse en propiedad de otro.

  1. El niño no ha sido deseado.

Cuando un niño no ha sido deseado, corre el riesgo de ser infeliz sufriendo toda su vida. Para evitar todo este sufrimiento, sería mejor si él no naciera.

 No hay un criterio para decir si un niño deseado será feliz o infeliz. Hay niños no deseados que son amados, y niños deseados que no lo son: los torturadores de niños desean tener hijos. La psicología también muestra que la madre pasa a menudo durante su embarazo de la molestia a la aceptación, y de la aceptación al amor. No podemos congelar el deseo al comienzo de un embarazo puesto que hay una maduración y un progreso. Por otra parte, el niño no es un objeto de consumo, es una persona. No es un video o un automóvil, el cual si nos viene bien, lo tomamos; de lo contrario, lo abortamos.

  1. Violación.

Cuando ha ocurrido una violación y la víctima está embarazada, y por razones comprensibles no quiere tener ese hijo (que sería traumático para él el día que se enterase de las condiciones de su concepción), entonces parece lícito interrumpir el embarazo lo más rápido posible: a situaciones excepcionales, medidas excepcionales.

No es posible reparar una injusticia cometiendo una injusticia aún más grave; no reparamos el mal cometiendo el mal. Además, en los últimos años ha habido un aumento en el número de violaciones. La liberalización del aborto crea una mentalidad de violencia donde el más fuerte tiene el derecho a su favor y donde el más débil no puede defenderse ante el más fuerte. Legitimando el aborto se trivializa la violación exponiendo aún más mujeres a la depravación de los hombres.

  1. “Paternidad responsable”.

Si la fecundación ocurre por “accidente” (falla del método anticonceptivo usado), la pareja puede recurrir en su provecho al concepto de “paternidad responsable” (expresión forjada por la Iglesia) para justificar que el aborto sería necesario por el bien de los niños ya existentes, a cuyas necesidades los padres no podrían responder eficazmente si naciera un nuevo hijo.

Los defensores del aborto suelen decir que la prevención del aborto se realiza a través de la anticoncepción. Pero el hábito anticonceptivo engendra la mentalidad abortiva en caso de fallas del método anticonceptivo utilizado se recurra más fácilmente al aborto. Los hechos testifican que, 25 años después de la ley Weil, el número de abortos no ha disminuido, que incluso ha aumentado. Por otro lado, decir que desde el momento en que los padres son demasiado pobres, los niños no tendrán una vida “de calidad”, es sostener que “la vida vale la pena ser vivida solo a partir de un umbral de calidad”. Es una proposición monstruosa e inaceptable, porque se apoya en un subjetivismo integral. ¿Qué es esta calidad de vida? ¿Dónde está la felicidad? ¿Deberíamos preferir un televisor a la recepción del niño? La felicidad de uno no hace la felicidad del otro: alguien puede sonreír allí donde otro piensa suicidarse.

  1. Malformación.

Si, durante la formación del embrión, se descubriera una malformación que tendrá como efecto absolutamente seguro el nacimiento de un niño irremediablemente discapacitado o anormal, sería mejor prevenir ese nacimiento y hacer abortar a la madre por amor al niño, no dando vida a un ser que muy probablemente será muy infeliz y vivirá aislado debido a su discapacidad. El aborto parece ser la mejor solución, pues le ahorrar una vida indigna del hombre.

Si admitimos que pueden eliminarse todos los seres humanos no deseados (como los discapacitados o los enfermos mentales), la sociedad humana sería destruida. Ante una persona discapacitada ¿cuál es la solución más humana? ¿Eliminarla o ayudarla a llevar la mejor vida de acuerdo a sus capacidades? El niño con una malformación es, a pesar de todo, un miembro de la especie humana; si se lo elimina debido a su malformación, podrán ser eliminados también quienes no tengan el sexo o el color de piel esperados.

  1. Peligro por la vida del niño y / o la madre.

Si por alguna razón la vida del niño y / o la madre estuvieran en riesgo cierto durante el parto, sería mejor no correr el riesgo de dejar morir la madre o su hijo… o ambos! El aborto permitiría, en tal circunstancia, “elegir” entre una vida y otra (normalmente, la de la madre).

Como dijimos antes, el fin no justifica los medios. El principio de la solución es simple: no podemos elegir. No se puede sacrificar una vida inocente por otra. Lo que debe intentarse es salvar a ambos. Puede ocurrir, sin embargo, que después de haber hecho todo lo humanamente posible, se termine con una consecuencia involuntaria: la muerte. También puede ocurrir que al querer curar a la madre del cáncer, haya una consecuencia desafortunada, no deseada e indeseada: la muerte del niño. Pero estamos aquí en el caso de un acto que tiene un doble efecto: el positivo (la cura del cáncer) y el otro negativo (la muerte del niño). En este caso es aceptable porque no se quiere el efecto negativo, simplemente nos resignamos a él; no lo queremos, lo toleramos.

En Conclusión

 Una buena intención no es suficiente para cambiar el valor de un acto. Por lo tanto, no se puede ejecutar inocentes para salvar a un país. Salvar a la Patria es un buen fin, pero este fin no justifica el sacrificio de una persona inocente: el derecho a la vida humana es inalienable. Dicho de otro modo: el fin no justifica los medios. Pero hemos visto en el cuerpo del artículo que el aborto siempre es intrínsecamente malo porque consiste en matar a un niño. De la misma manera, las circunstancias no son suficientes para cambiar el valor de un acto. Pueden suavizar o agravar la responsabilidad de la persona que lo realiza, pero en ningún caso pueden hacer que lo que está mal se convierta en bueno.

 

P. Sergio Pérez, IVE


[1] Jerôme Lejeune (1926-1994) médico francés, fue miembro de la Academia de Ciencias Moral y Política en Francia (1981), miembro de la Academia Nacional de Medicina del mismo país (1983) y primer Presidente de la Pontificia Academia por la Vida (1994) creada por Juan Pablo II el mismo año.

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